La uva hondarribi zuri es un relato líquido donde se cruzan la costa cantábrica y la tenacidad de los viticultores vascos. En cada sorbo hay origen y evolución histórica, un viaje que nos conecta con siglos de tradición y con el presente vibrante de las denominaciones de origen del País Vasco.
Origen y genética: un nombre, varios caminos
El nombre hondarribi zuri remite directamente a la localidad fronteriza de Hondarribia, punto de entrada de variedades francesas que cruzaban los Pirineos. La primera mención escrita del término ‘chacolín’ data de 1520, recogido en un documento del Registro de Reales Ejecutorias del Archivo de la Real Chancillería de Valladolid, que registra un impago de vino a tropas españolas. Esta referencia del siglo XVI es el documento más antiguo conocido que menciona este vino, aunque la palabra txakoli como tal es un neologismo posterior, surgido con la gramática de Sabino Arana a principios del siglo XX.
Curiosamente, lo que hoy llamamos hondarribi zuri no es una única variedad, sino un conjunto de uvas emparentadas: courbu blanc, crouchen e, incluso, el híbrido americano noah, introducido en el siglo XIX. Esta diversidad genética convierte a la uva hondarribi zuri en un auténtico mosaico de influencias. Ese misterio, a medio camino entre la ciencia y la leyenda, ha alimentado su prestigio y la ha consolidado como la uva blanca más emblemática de Euskadi.

Uvas de hondarribi zuri en un viñedo de Aia (Gipuzkoa).
Una uva exigente en el viñedo
Cultivar hondarribi zuri nunca ha sido tarea fácil. Su bajo rendimiento es conocido: apenas 8.000 kg/ha en las mejores parcelas. Sus racimos son pequeños, sus bayas compactas y, aunque brota tarde —lo que la protege de las heladas—, se muestra especialmente vulnerable a enfermedades como el mildiu o la botrytis.
Por tanto, la uva exige viñedos en laderas bien aireadas, cuidadas con mimo para que la humedad del clima atlántico no arruine la vendimia. Esa dureza explica por qué el txakoli tiene tanta personalidad: cada botella es el fruto de un desafío ganado año tras año.
Perfil en copa: frescura, acidez y tradición
La uva hondarribi zuri regala vinos de color amarillo pálido, brillantes y cargados de juventud. En nariz emergen notas cítricas, herbáceas y florales, con toques de manzana verde y recuerdos exóticos. En boca manda la acidez viva, ese frescor característico que convierte al txakoli en compañero ideal de mariscos y pescados.
En muchas elaboraciones mantiene una ligera aguja natural (carbonatación), que refuerza la sensación de chispa y ligereza. Pero cuando el viñedo y la añada acompañan, la variedad hondarribi zuri puede sorprender con vinos más estructurados, de gran equilibrio y con capacidad de evolución en botella, demostrando que no es solo tradición, sino también futuro.

Botella de txakoli Hiruzta.
Historia: tradición, ocaso y renacimiento
Las primeras huellas escritas de la viticultura en Euskadi se remontan al siglo IX. En los siglos XII y XIII el txakoli ya formaba parte de la vida en numerosos rincones, y en el XVI surgieron ordenanzas que regulaban su producción y comercio. No era un vino pensado para grandes mercados: se elaboraba en los caseríos, para consumo propio, de ahí su nombre en euskera, ‘etxerako ain’, “tanto como para casa”. A finales del XIX aparecieron los ‘txakolinak’, bares populares donde solo se servía txakoli acompañado de bacalao, chipirones o angulas. Fue un momento de esplendor, breve pero intenso, antes de que llegara la decadencia. El siglo XX trajo consigo impuestos más favorables a los vinos extranjeros, la industrialización que vació los pueblos y plagas devastadoras como la filoxera. Todo ello redujo los viñedos a la mínima expresión. En los años 80, el txakoli estaba casi extinguido. Apenas quedaban 21 hectáreas en Bizkaia y Gipuzkoa, y en Araba había desaparecido por completo. Además, proliferaban variedades foráneas como el Folle Blanche o los híbridos americanos, productivos pero ajenos al carácter del txakoli, mientras las uvas autóctonas hondarribi zuri y hondarrabi beltza se iban perdiendo. El punto de inflexión llegó a finales de esa década, cuando un grupo de viticultores decidió unir fuerzas para recuperar las variedades locales y devolver al txakoli su identidad. De esa apuesta nacieron las tres denominaciones de origen: Getariako Txakolina (1989), Bizkaiko Txakolina (1994) y Arabako Txakolina (2001).

Viñedos de txakoli de la bodega Hiruzta en Hondarribia.
Las tres Denominaciones de Origen: Getaria, Bizkaia y Álava
Tres denominaciones, tres paisajes, pero un mismo hilo conductor: la uva Hondarribi Zuri, que une mar, montaña y tradición en un solo sorbo. El txakoli ha dejado de ser un vino de supervivencia para convertirse en un símbolo de Euskadi, elaborado en más de 1.000 hectáreas y con una producción cercana a los 4 millones de litros anuales.
· Getariako Txakolina: epicentro histórico del txakoli, donde las viñas crecen en laderas cercanas al mar. Suelen ofrecer vinos con más frescor y notas salinas, auténtica expresión de la brisa atlántica.
· Bizkaiko Txakolina: más diversa en suelos y microclimas, permite vinos con mayor cuerpo, sin perder la característica acidez de la uva. Aquí la hondarribi zuri convive con otras variedades blancas.
· Arabako Txakolina: la más joven de las tres DO, con viñedos en el interior alavés. Sus vinos tienden a mostrar mayor estructura, fruto de un clima algo menos húmedo.
Hondarribi Zuri: identidad y futuro del Txakoli
La hondarribi zuri no es solo tradición, es también innovación y futuro. Hoy representa la esencia del Txakoli vasco, combinando historia y modernidad.
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